Hoy como ayer

Hoy como ayer

La gente se había concentrado en la zona céntrica, donde todo era fiesta y alegría. Caminando casi sin rumbo, me adentré en las partes más antiguas del lugar, calles estrechas y desiertas, donde solo se veían coches aparcados cada tanto utilizando cualquier pequeño espacio posible. Aquello parecía un pueblo fantasma, reinaba una soledad absolutamente inquietante, con un silencio solo roto por el repiquetear de unas campanas, y a intervalos la voz de alguien a quién no podía ver, pero perseguía en su rastro sonoro.
Así me fui adentrando cada vez más en un laberinto de callejuelas obscuras, y después de algunos minutos lo encontré. El funcionario recorría la zona rompiendo el silencio a campanadas y viva voz, pero lejos de estar relacionado con la fiesta, -para mi sorpresa-, su pregón era sobre la defunción de un vecino del pueblo, comunicando a los lugareños todo lo relacionado con su velatorio y posterior sepelio. Lo seguí un poco... calle tras calle nadie en todo el barrio parecía escuchar sus palabras, la sensación era muy extraña, como si le hablara a las paredes.
Poco más tarde, una mujer bajó a la calle para escucharlo, y mientras ambos orientaban sus cuerpos y miradas hacia un callejón como si esperaran que alguien acusara el aviso en aquella dirección, escuché sus últimas palabras de la rutina, y cada uno siguió su camino, como ayer.
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